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Ediciones Original Marbella, recién constituida, inaugura su actividad con la publicación de "Al César...", narración de unos hechos de palpitante actualidad que darán lugar a vivos debates.

 

Descubra una obra fascinante: 

  • Al César...:
  • El mensaje que quiere transmitir la obra queda reflejado en el texto de la contraportada, que transcribimos a continuación:

    “En el año 313, el Emperador Constantino decretó por el Edicto de Milán, que la Religión Oficial del Imperio Romano fuera el Cristianismo. La Iglesia pasó a ser entonces un Organismo Oficial dentro del Estado. Es decir, se convirtió también en poder temporal. De las Catacumbas se encumbró a los palacios, fue tentada por la ambición del poder y la riqueza, y sucumbió. Abundante en ambos, adquirió una fortaleza que la permitió intervenir en las políticas imperantes en cada capítulo de la Historia, desempeñando papeles destacados, determinantes y hasta siniestros. El alejamiento de las directrices de su fundador ha sido evidente. El modelo de eclesiástico-político o del político-eclesiástico sigue vigente en países de gran tradición católico-romana. Es una nostalgia histórica invencible. Si a este modelo tradicional, le azota, además, el flagelo racial, la doctrina que predique resultará sarcástica. En este relato, el autor pretende reflejar el dualismo doctrinal de parte de la iglesia vasca, narcotizada por el narcisismo histórico que padece, y que la lleva a comportamientos cercanos a la aberración moral y a la herejía doctrinal. Las voces de la sana doctrina cristiana, que aún se oyen en el seno de un clero de trayectoria mayoritaria ejemplar, son silenciadas y anematizadas dentro de sus mismas filas, en nombre de un empeño étnico-histórico, que eclipsa el destino sobrenatural para el que fue consagrado. En el libro los personajes son de ficción, es cierto, aunque se buscarán pretendidas semejanzas. Pero sus actos tipifican conductas alcanzables o ya alcanzadas, y todo su contenido pretende ser un eco afligido de aquella sentencia de “Dad al César lo que es del César…”, por si aún queda alguien dispuesto a escucharla.”
    • La obra se edita en dos versiones diferentes que puede adquirir directamente a Ediciones Original Marbella en nuestra Tienda: edición impresa, 24,00 € (gastos de envío incluidos), y edición digital (e-book), 8,00 €.
    • Como oferta especial, hasta el día 31 de enero de 2009, se podrá descargar la edición digital de forma totalmente gratuita, para ello tan sólo debes ponerte en contacto con Ediciones Original Marbella gracias a nuestro formulario de Contacto, indicando en el mensaje la palabra Oferta.
    • La obra impresa se puede adquirir en nuestra Tienda o poniéndose en contacto con Ediciones Original Marbella en el 952 810 220 o a través de nuestro formulario de Contacto.
    • Características de la obra en la edición impresa:
      • Libro de 672 páginas offset blanco 100 gr. a una tinta.
      • Cubierta tapa dura plastificada estucado brillo 135 gr. a todo color.
      • Guardas offset blanco 120 gr.
      • Encuadernación hilo lomo.
      • Tamaño abierto: 386 x 250 m.
      • Tamaño cerrado: 148 x 210 m. (A5)

Como primicia transcribimos algunas páginas de “Al César...”:

 

Páginas 366 a 372, ambas inclusive:

En el camino hacia mi casa, me asaltó la idea de pasarme por la farmacia de Iosu Beloki. Aún tenía en mi bolsillo la receta que me había prescrito Ander Aresti. Debía cumplir yo solo el macabro encargo impuesto por Zugazaga, y no implicar a mis compañeros, valiéndome de su generosidad. Prefería atraer sobre mí todas las iras que se desataran por el fracaso de la misión. Miré el reloj y vi que aún tenía tiempo de llegarme a la calle Herrería, antes de que Beloki cerrara a mediodía. Me afiancé la boina sobre las sienes, forcé el paso y, clavando con ahínco la espuela de mi bastón sobre el lomo de adoquines y asfalto, llegué entre el laberinto de calles y bocacalles al número 12 de la calle Herrería, a la “Farmacia–Droguería Lcdo. Iosu Beloki”. La entrada se integra en una fachada renacentista, reproducida en madera, columnas planas y estriadas rematadas en capiteles corintios. El friso exhibe el rótulo de su titular tallado en caracteres dorados, ya deslucidos, junto al símbolo farmacéutico. Fue lo único que Beloki no alteró cuando reformó el local, antigua camisería. Llegué sin resuello y me descubrí al entrar. Al instante me envolvió el aire denso de bálsamos, esencias y lociones. La estrechez lumínica de la calle Herrería, se transformó de pronto en luminosidad de firmamento por las luces cenitales del local, que lo trastocaban todo con reflejos multicolores de efectos relajantes, anticipo de los remedios y bálsamos que se ofrecen al visitante.

Como un producto más entre el sinnúmero de los que colmaban estanterías, vitrinas y repisas, allí estaba Iosu Beloki de pie, detrás del mostrador. Su figura, en blanco impoluto, ponía cordura en el escandaloso colorido de cajas, frascos y estuches, que pregonaban en leyendas sugestivas las inverosímiles virtudes de sus contenidos. Estaba flanqueado de dos bellezas menudas y cosméticas, acicaladas hasta el exotismo. Era una terna sacerdotal oficiando en el templo de las panaceas.

Despachaban ya a los últimos clientes. Obviando el turno de atención al público, me acerqué distraídamente a él con la receta en la mano.

– D. Luis María, – me saludó abriendo sus brazos detrás del mostrador – Egun on, (buenos días) ¿Qué le trae por aquí? ¡Ah ya!, – se apresuró a salir de detrás del mostrador, al ver mi receta – ha vuelto Vd. a ver a Ander Aresti, ¿a que sí? D. Luis María, hágame caso. – me tomó del brazo afectuoso – Aresti le va a matar. Es un certero matasanos.

No pudimos contener la risa y la contagiamos al resto del personal. Beloki era amigo y coetáneo del doctor Aresti y, como él, siempre dispuesto a la chanza y bromas inofensivas. Alto y enjuto en su uniforme blanco, me miraba desde su rostro flaco de nariz avanzada y cabello gris plomo, peinado cuidadosamente a un lado. Del color café de sus ojos partía un dardo de ironía, que ponía un punto de duda en la verdadera intención de su mirada.

– A ver, ¿Qué le ha recetado esta vez? – me quitó la receta de la mano – Claro, lo mismo que la última vez. Este doctor no conoce más que esta receta, la más cara. Lo que yo digo. Ander cobra comisión de este laboratorio.

Volvió la risa a todos. En tal ambiente festivo, me parecía imposible e impensable abordar el asunto que me traía, que era muy distinto del de la bondad o maldad de la receta. En el bolsillo de mi chaqueta me parecía sentir la desazón de la nota de Zugazaga, que había recuperado de D. Gabriel. Para Beloki esa receta iba a ser muy distinta de la que me estaba despachando, y mucho más cara, de un laboratorio que no le pagaba, sino que le exigía. ¿Cómo mostrársela?

Mientras revisaba el medicamento que una de las señoritas, maquillada como una momia egipcia, había traído de la trastienda, saqué la nota del bolsillo y la intercalé en las páginas de mi breviario, esperando la oportunidad de mostrársela reservadamente. Fue en el momento de entregarme el estuche que contenía el fármaco. Me leyó en la mirada la inquietud de su contenido. La tomó con aprensión y frunció el ceño. No era la primera vez, pensé, que recibía esa clase de misivas. En seguida se volvió hacia mí, extrañado de que yo fuera el heraldo de tan odioso mensaje:

– No me esperaba esto de Vd. D. Luis María – me recriminó, apagando el dardo irónico de su mirada y empalideciendo la enjutez de su rostro.

– ¿Podemos hablar a solas? – le supliqué con sentimiento y humildad. No me contestó y se dirigió airado a la trastienda, haciéndome una señal para que le siguiera.

Nos sentamos frente a frente en una mesa repleta de recetas despachadas y libros de recetarios. No teníamos más testigos que estanterías cargadas de ordenada estuchería de medicamentos y productos de droguería. La atmósfera boticaria era allí más tupida, de más solera, casi narcotizante. La iluminación era sobria en contraste con la tienda.

– Así que, Dios y el César cabalgando juntos, ¿eh? – comentó burlón y ofendido, mientras hacía un hueco sobre la mesa entre el desorden acumulado, para extender la nota y volver a leerla. Y precisó:

– O lo que es lo mismo, Dios y la causa unidos por la Iglesia – el reproche inmerecido me indignó.

– Vengo de parte de Dios, pero conminado por ese César, que tú dices – afirmé, apoyándome en mi bastón y colocando mi breviario sobre la mesa, mi única credencial.

– Pues, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, D. Luis María. ¿No es eso lo que dijo Cristo?– proclamó con fuerza apoyándose en el respaldo de la silla con autoridad. La blancura de su bata resaltaba la lividez que iba tomando su rostro.

– Iosu, me conoces desde tiempos inmemoriales, por ti mismo y por tu querido amigo Ander Aresti. – traté de restablecer su confianza – ¡No creerás que vengo a cobrarte el impuesto, como recaudador de ese César! – le miré fijamente hasta ablandar su mirada. Bajó la cabeza para volver a leer la fatal exigencia.

– Por turbias maniobras de venganza, – continué más seguro – me he visto envuelto en esta trama tortuosa que llaman impuesto revolucionario. Más aún, mi torpeza o falta de malicia, me ha convertido en cobrador del mismo a un honrado industrial de la ciudad – levantó la cabeza y me censuró con la mirada.

– A pesar de la ignominia que esto ha arrojado sobre mí, me he enfrentado a la causa y estoy combatiéndola desde mi modesta condición de sacerdote, con la ayuda eficaz de Dios – hice una pausa para moderar el ímpetu tan nocivo para mi salud.

– Si en esa nota que me encontré con sobresalto en el fondo de mi cartera, se me pidiera exigirte el cobro del impuesto, – me acerqué a él por encima de la mesa – ten la seguridad de que nunca hubiera venido. Pero, “los hijos de las Tinieblas son más astutos que los hijos de la Luz”, como dice la Escritura, no me piden que te cobre, me piden que te sentencie por no pagarles. Negándome a transmitirte su ultimátum, hubiera contribuido a la alevosía de tu muerte. ¿Crees que debería anteponer mi reputación sacerdotal, que al fin y al cabo es sólo vanidad, al mandato de “No matarás”? Ahora, ya lo sabes. Escucha a tu conciencia. Yo he seguido el dictamen de la mía. Recogí mi bastón y breviario, me levanté y me dirigí a la puerta.

– D. Luis María – replicó dolido – le considero un hombre de Dios, y como tal le recibo, aunque sea emisario del César. – y aporreando la mesa: – Dígales que Iosu Beloki Gallastegui Aramburu y Cortázar, no entregará ya más dinero a esas alimañas. Que no hay mayor bajeza que escudarse en un sacerdote para amenazarme. Que Dios no amenaza. Que vengan a por mí cuando quieran. Pero que vengan solos, ellos, los del César, que no finjan venir en nombre de Dios.

No había ningún punto de duda en la verdadera intención de lo que decía. El dardo de ironía de sus ojos había desaparecido.

– Iosu, para decirles eso no era necesario que viniera. – me detuve en la puerta y me volví hacia él, sentado impotente a la mesa – Me bastaba con haberme negado a trasmitirte el mensaje. Hubiera dignificado mi condición sacerdotal, manteniéndola ajena a tu relación con ellos y, dejaba en sus manos tomar la decisión. Estoy comprometiendo mi ministerio al venir a comunicártelo. Piénsalo bien. Dime algo que calme a esas fieras. Que no tenga que ser yo quien les dé de comer.

– D. Luis María, he sido siempre un colaborador generoso y constante con la causa nuestra, y cuando digo nuestra, quiero decir mía y suya también. – agitaba la nota en el aire con una mano – A esa causa nuestra que yo creía de verdad que era nuestra, he contribuido con pasión. He corrido como Korrikolari para recaudar fondos para el euskera. He contribuido al sostenimiento de la ikastola parroquial. No sé para cuántas obras parroquiales de significado euskaldun he hecho donaciones. Pero desde hace tiempo me he dado cuenta de que esa causa no es la nuestra, ni la suya ni la mía.

Se levantó y vino hacia mí arrojando despectivo la nota sobre la mesa.

– Cuando un día oí a mis queridos sobrinos, alumnos de la ikastola, – bajó el tono a modo de inciso – bendigo a Dios por no tener descendencia – decir que los extremeños, gallegos, andaluces y castellanos eran el verdadero enemigo de Euskadi, y que había que liberarnos de ellos, me di cuenta de que estaba amamantando al odio racial. Y cuando les oí hablar de Hitler con entusiasmo, y traté de hacerles ver que fue un exterminador, me dijeron que era el ejemplo a seguir para la liberación de Euskadi. Que Hitler admiraba la peculiaridad genealógica de nuestro pueblo, y había pensado establecer un protectorado vasco dentro del Reich victorioso… – la amargura de lo que denunciaba borraba definitivamente el filo de ironía habitual en su mirada.

Y se me acercó inquisidor:

– Y ¿qué me dice de las clases de Religión en la Catequesis parroquial, programada por nuestro querido clero? Asegurar que la Virgen del Pilar nunca se apareció en Zaragoza y que el Apóstol Santiago no vino nunca a España y no está enterrado en Compostela. ¿Es ese el lugar y momento de acumular dudas sobre la fe, en lugar de preservarla? Es el colmo de la inquina racial, negar las creencias de aquellos que no pertenecen a nuestra etnia. ¿Es que sólo lo nuestro es verdadero, nuestras vírgenes, nuestros santos, nuestra iglesia, nuestra moral? Y la que llaman la iglesia nuestra, que no es la mía, ni la suya, lo bendice, con una doble moral, lo que es igual que decir sin moral.

Descompuesto en su figura y ademanes, se volvió a la mesa y, apoyando los codos en ella, se sumió en la reflexión. Yo permanecí en pie, respetando su silencio y temeroso de que cualquier palabra mía pudiera malograr la respuesta que tanto esperaba: la que me liberaría de la crueldad de allanar el camino al verdugo. Cuanto Iosu acababa de referir venía siendo objeto de comentarios y discusiones en diversos ambientes, y había llegado a mis oídos en diferentes ocasiones, pero siempre pensé que podían ser exageraciones. Costaba creer que pudieran darse tales aberraciones y en tan diversos campos a la vez. Me dolía sobre manera la pseudo–enseñanza de la Religión. Pero no me quedaba ya capacidad para cobijar tanta tristeza y desesperanza, y temblaba ante el temor de que Iosu Beloki tomara la decisión fatal. No comentar su denuncia, me pareció lo más acertado.

Me acerqué cauteloso a la mesa. No quería urgirle una respuesta, pero sí, ayudarle a alumbrar su decisión, temiendo, a la vez, como matrona comprometida, que el ser naciera muerto por la precipitación. Por eso traté de aquietarle:

– Iosu, que Dios bendiga la decisión que tomes, sea la que sea.

Allí quedó a solas con su pensamiento y acompañado de todos sus fármacos y fórmulas magistrales, que a pesar de su abundancia, no servirían para aliviar su angustia.

 

Páginas 533 a 541, ambas inclusive:

Nos impacientaba la espera, más por lo novedoso de la situación para nosotros, dos pobres clérigos en Comisaría, que por el tiempo que iba transcurriendo, sin que apareciera Elizondo, el comisario. Así le había llamado Patxi Arenziba, al recibirnos y llevarnos al despacho, en que nos encontrábamos.

El llamado a declarar era yo, pero D. Gabriel insistió en acompañarme por una buena razón: debíamos dar las gracias a la Ertzaintza por habernos asignado guardaespaldas, aunque el Sr. Obispo, por su cuenta, hubiera declinado tal atención.

Era casi mediodía del lunes siguiente a aquel domingo tumultuoso, que en mi memoria había dejado posos agridulces: la sedición abortada, el conciliábulo episcopal, la deposición de autoridad y el triunfo de la iglesia llana. Todo un capítulo de la historia parroquial comprimida en pocas horas, pero intensas. De camino a la comisaría, habíamos venido comentando el nerviosismo de D. Juan María Echániz, por la mañana en la sacristía, durante su toma de posesión como párroco en funciones. No sólo él, también nosotros lo estábamos, y Eusebio, el fiel sacristán, que le servía de “cicerone” en todo lo concerniente a usos y costumbres de la vida protocolaria parroquial. También habíamos especulado sobre el eco que el relevo del párroco tendría entre la feligresía. Era todo un acontecimiento, porque no había que olvidar que D. Manuel era ya una parte integrante del templo, como podía serlo el retablo del altar mayor o el órgano, o la pila bautismal. En fin, que estábamos asistiendo posiblemente al advenimiento de una nueva era parroquial.

En los prolongados silencios que guardábamos, mientras esperábamos al Sr. Elizondo, al que no conocíamos, ojeábamos nuestro alrededor buscando encontrar entre lo que nos rodeaba: enseñas, panoplias, trofeos y consignas castrenses, algo con lo que pudieran empatizar nuestras figuras cautas, inermes, evangélicas. Sólo encontramos una pequeña estampa del Cristo de Limpias junto a un retrato de familia. Nos veíamos allí, en el templo de la ley humana, recién llegados del templo de la ley divina. Nos sentíamos servidores de ésta y aguardábamos a un servidor de aquélla.

Es decir, aun siendo servidores de la ley divina, veníamos a servir a la ley humana, para ayudarla en su misión, también divina, de perseguir la maldad con las armas de las que nosotros carecíamos. Un equilibrio moral perfecto. No hay sometimientos, sino acompañamientos. “¿Por qué no puede ser siempre así?”. Nos preguntábamos a media voz D. Gabriel y yo, víctimas dolientes de la subversión del mandato divino “Al César lo que es del César…”.

– Buenos días, padres – nos interrumpió una voz de mando, mientras nos estrechaba una mano firme, nada refinada, que a mí me trasmitió frialdad funcional.

– Buenos días – respondimos en tono cordial, sin poder disimular un gesto de cortedad franciscana.

– Les agradezco que hayan venido. La investigación sobre el paradero de D. Marcos Coca, impulsada por su hermano, el magistrado, no avanza. Lo que D. Luis María pueda aportar hoy, puede ser decisivo.

Era un hombre de mediana edad, de anatomía fornida, amoldada al llamativo uniforme del cuerpo. Su mirada acerada imponía respeto y, a la vez, denotaba exigencia mal disimulada. Esperaba algo de mí y lo quería ya. Sin perder tiempo en finezas, se sentó delante del ordenador, pulsó algunas teclas, esperó y:

– D. Luis María, tengo delante el informe de nuestro agente Patxi Arenzibia, familiar suyo. Quizá el vínculo que les une le llevó a Vd. a explayarse con él de modo confidencial, y a comentarle que un feligrés suyo, Marcos Coca, el conocido mendigo, le ha confesado que Pedro María Zugazaga, ciudadano respetado y querido, había participado en el terrible secuestro de Juan Antonio Crespo, el concejal. La noticia, tal como nos llegó de Patxi, alarmó a esta casa. Como también nos alarmó la noticia de que Vd. estaba cooperando en el cobro del impuesto. Las dos nos parecieron tan inverosímiles, que no las hemos dado curso oficial, aunque por complacer a Patxi consentimos protegerle a Vd. Entre tanto, el domingo pasado nos llegó la última noticia: que las parroquias de San Julián y San Efrén habían preparado una operación de rescate de Vd. D. Gabriel, refugiado, según decían, en el monasterio, para librarse de las amenazas que había recibido. También Patxi nos solicitó protección para él. El pretendido rescate no tuvo lugar, porque D. Gabriel, volvió por su propia voluntad a San Julián, según nos informó el propio Sr. Vicario de la diócesis. Él nos ha encarecido que dejemos sin efecto la decisión de dotarles a Vds. de protección, por considerar la medida desproporcionada, ya que en este país parece impensable que se atente contra su propio y querido clero.

Su verbo era fácil, expeditivo y se tomó un respiro para elegir las palabras que estaba pensando decir a continuación. Aunque sorprendidos, creímos cortés no interrumpirle.

– D. Luis María, hago este resumen de los últimos acontecimientos, con el fin de situar su confidencia a Patxi, ciertamente preocupante, dentro de ese contexto y dar a todos ellos idéntica calificación. Es decir, la calificación como rumores, comentarios, aunque alguno, como el relativo al Sr. Zugazaga, se haya hecho en un confesionario. El Sr. Vicario ha manifestado, además, en este asunto, su inquietud por estar por medio el secreto de confesión.

No me gustaba la calificación que el comisario quería dar a hechos tan graves y dispares. Dudaba de su autenticidad. Eran acontecimientos incómodos de manejar desde los resortes del poder civil, puesto que tenían ribetes clericales y exigían una actuación mancomunada con el poder eclesiástico. El “Forum eclesiae” clamaba de nuevo.

– Sr. Elizondo, agradezco su intención de dar carpetazo a estos asuntos, restándoles importancia. Es lógico, además, que la opinión y deseos del obispado, nuestro superior jerárquico, tengan para Vd. mayor predicamento que los nuestros, sencillos curas, y yo, además, anciano decrépito. Nosotros también debemos aceptar esos deseos y opiniones, puesto que nos obliga nuestra promesa de obediencia. Visto todo así, la conclusión sería que no ha pasado nada. Que la desaparición del mendigo, no tiene nada que ver con haber descubierto a uno de los secuestradores, secuestro, por cierto, aún sin resolver, y, que tal vez, lo que vio el mendigo podía servir de pista a la investigación. Con respecto a mi colaboración en la recaudación del impuesto, sería también sólo un rumor. Tampoco D. Gabriel ha sufrido amenazas, la prueba está en que ha vuelto voluntariamente del supuesto refugio. Todo, en fin, tiene su explicación: rumores infundados, falsas alarmas.

Hablaba con tal afabilidad de cosas tan serias, que el Sr. Elizondo no entendía el sentido real de mis palabras y me miraba desorientado: mi comportamiento como denunciante no figuraba, posiblemente en los manuales que había estudiado en la Academia.

– Sr. Elizondo – me acodé sobre la mesa, posé en ella mi breviario y, colgando el bastón de su canto, confesé con gravedad: – yo he colaborado en dos ocasiones, por ahora, en la recaudación del impuesto, precisamente por inducción y engaño del respetado ciudadano Pedro María Zugazaga. – dejé transcurrir el silencio, mientras le miraba con descaro, como delincuente jactancioso – Como ve, no es un rumor. La confesión del honrado mendigo tampoco es un rumor. Yo le aseguro que con lágrimas en los ojos, y no pudiendo soportar por más tiempo el acoso del Sr. Zugazaga, por haberle descubierto, me entregó su secreto, y me pidió que lo utilizara en bien de este pueblo, cuando lo creyera oportuno. He decidido que este sea el momento oportuno. El mendigo ha desaparecido misteriosamente. Es el momento de indagarlo. La pista es clara, ¿no?
Era una invitación embarazosa para Elizondo.

– El refugio de D. Gabriel tampoco es un rumor. No volvió voluntariamente a la parroquia. Le ordenaron volver, a pesar del peligro que corre. Por cierto, entre los que le amenazan también está el honrado ciudadano Zugazaga. A Vd. le consta, claro que le consta, que este ciudadano es el director de la ikastola parroquial. Con la iglesia euskaldun hemos topado, ¿verdad?

El comisario endurecía su mirada a medida que entendía mis palabras como acusación. Nos mirábamos como dos jugadores que han roto las reglas del juego y temen las trampas del otro.

– Sr. Elizondo, no sé si conoce Vd. los nombres de los que me acosan y amenazan, ni si Patxi Arenzibia se los ha facilitado. – irrumpió D. Gabriel en la escena. Lo que veía y oía acabó con su sosiego – Pero lo que nadie sabe, porque hasta ahora lo he sufrido en silencio, son los motivos de esas conductas. Pero, como veo la ligereza con que los garantes de la ley y el orden se toman estas noticias y denuncias, le voy a dar algunos detalles.

D. Gabriel resplandecía de indignación y torturaba su breviario en señal de protesta contenida. Temí el alcance de su desahogo, imprevisible en temperamentos como el suyo.

– Dicen de mí que aireo secretos de confesión sobre infidelidades conyugales. Que utilizo el confesionario para alertar a posibles víctimas de los propósitos de sus verdugos. Me culpan de que algunas se hayan podido librar por ello. No aceptan que mi confesionario rebose de penitentes euskaldunes y no euskaldunes, a pesar de que es un confesionario destinado sólo a castellano hablantes. Me presionan para que me vaya porque soy “maketo”, con amenazas en la calle y en el confesionario de palabra y por escrito. Todo esto lo conoce nuestro querido párroco, la autoridad inmediata. De nada ha servido.

Se debilitó su voz, y extrajo un pañuelo de la americana que se llevó a los ojos.

– No tenía intención de poner estos hechos en su conocimiento. – templó su ímpetu – He acompañado a D. Luis María hasta aquí, porque deseaba darles a Vds. las gracias por la asignación de guardaespaldas, a pesar de que el obispado, como Vd. dice, las ha rehusado. No debo juzgar la conducta de mis superiores, pero sí la suya. Porque entiendo que la protección de la ciudadanía es cosa exclusiva e ineludible de Vds., y no debe impedirla ninguna autoridad de otra jurisdicción. Es jurisdicción suya únicamente. Nosotros somos también ciudadanos, dedicados al cuidado de las almas de otros ciudadanos, que se acogen a nosotros buscando refugio espiritual. También nosotros tenemos derecho al refugio establecido por las leyes civiles. Privarnos de él por el hecho de que somos curas y pertenecemos al obispado, no les excusa. Desgraciadamente, ya sólo contamos con su protección. Los nuestros nos la niegan, como ha quedado claro. – se recostó en la silla, guardó el pañuelo y: – Ahora, ya conoce Vd. de primera mano, sin rumores, nuestra realidad, como ciudadanos. Actúe como le dicte su deber.

– Me merecen Vds. todo el respeto por su edad y condición. Pero no puedo aceptar que piensen que estoy haciendo dejación de mis funciones. La prueba de ello es que he atendido las indicaciones de un subalterno y les he citado. Podía haber archivado el asunto.

Elizondo me recordó a Poncio Pilatos. Lo que sólo conocía de oídas, clamaba ahora ante él con realidad ensordecedora, pero lo desoía. Había sinceridad en sus palabras, eran realmente suyas. Pero lo que no parecía suyo era el tratamiento y el curso que quería dar a los acontecimientos. Cumplía consignas. Por eso, intenté exonerarle, al menos, de parte de la responsabilidad que tenía en ellos:

– Vd. también es un subalterno dentro de la cadena de mando. Puede que le hayan ordenado el archivo de estos hechos. Nosotros no vamos a interferir esas órdenes. Es Vd. hombre de justicia y cristiano, a la vista de algunos signos que observo en este despacho. Ahora ya conoce directamente de nosotros todo eso que ha calificado de rumores. Obre Vd. en consecuencia con su cargo y su conciencia.

Me levanté sin necesidad de bastón, recogí el breviario de encima de la mesa y me acerqué a la puerta, arrastrando conmigo a D. Gabriel, que tenía el aspecto de no saber dónde se encontraba. Se había vaciado en su intervención. Salió presuroso Elizondo de detrás de su escritorio a nuestro encuentro y nos detuvo ante la puerta, apoderándose del pomo. Nos miró dubitativo, sin el brillo acerado de sus ojos, apretó los labios, como quien va a decir lo que no debe y:

– Pedro María Zugazaga está ilocalizable desde hace días. Tengan mucho cuidado – y nos franqueó la salida, así, sin más saludo. Se había lavado también las manos.

Miré a D. Gabriel. El tono sonrosado habitual de su rostro había palidecido y sus ojos de bondad acomplejante, imploraban protección. Nos sentimos irremediablemente desvalidos, abandonados a nuestra suerte.

En el pasillo nos esperaba Patxi Arenzibia, cigarro en boca, cartera de cuero viejo en mano y mirada ansiosa:

– ¿Qué tal ha ido?

– Como eres mi sobrino, te voy a contestar sin rodeos – le dije colocándole el pomo de mi bastón en el pecho y golpeándole cariñosamente – Patxi, aquí también cohabitan Dios y el César. No sabemos si esto es una sucursal de la parroquia o si la parroquia es una sucursal de esta comisaría. ¿Entiendes, verdad?

Apartó el cigarro de la boca con ademán de proferir algo gordo y se contuvo. Lo apagó indignado en el cenicero más próximo del pasillo, y:

– ¿Qué hay entonces de los escoltas, que he solicitado? ¿No les ha tomado declaración? ¿O es que no les ha creído?

Brotaban las preguntas de su boca atropelladas, sin darnos tiempo a responderlas una a una. No comprendía nuestros semblantes de frustración e incertidumbre.

– Mi querido sobrino Patxi – le estreché el brazo – todo son rumores sin trascendencia: el peligro que corre D. Gabriel; la confesión de Txiki, implicando a Zugazaga en el secuestro; mi colaboración en el cobro del impuesto… todo. Órdenes o consignas superiores, algunas desde la curia, impiden que esos hechos se persigan o se investiguen. Y, así las cosas, para mayor contradicción, nos comunica “soto voce” que Pedro María Zugazaga, el ciudadano honrado, por tal lo tienen, ha escapado a su control e ignoran su paradero. Es decir, anda suelto y va por libre. ¿Se lo han facilitado?

– Sí, yo hace algún tiempo que lo sabía, por eso insistí en que les protegieran. A Vds. no les dije nada para no alarmarles – Patxi soportaba incómodo el yugo de la disciplina:

– Elizondo es un pelele. Ocupa un puesto de relieve, pero sin contenido. Es la voz de su amo. No tiene autoridad ni autonomía.

– Lo siento, tío Luis Mari.

– Bueno, Patxi, has hecho todo lo que has podido. Dios te lo agradece. Ahora nos tiene en Sus manos. Él nos protegerá.

Los tres envueltos en el infortunio caminamos pasillo adelante en busca de la salida.