Ediciones Original Marbella: AutoresFlechaAbel Alonso
Ediciones Original Marbella

Abel Alonso

El autor de “Al César…”, Abel Alonso Hernández, llega al mundo literario tras una larga e intensa vida profesional, como letrado en foros de Madrid y Málaga y como asesor en el sector bancario en Madrid. De esa época son sus publicaciones “Diccionario de la Exportación” (EDERSA, 1986) e “Inversiones Extranjeras” (EDIP, 1992) que tuvieron gran difusión en los años previos al ingreso de nuestro país en el entonces llamado Mercado Común Europeo. Esta literatura técnica, así como los innumerables y aquilatados escritos, exigencias de las curias, a lo largo de su dilatada vida profesional como letrado, han dotado a esta su nueva obra de un estilo literario que sorprende por la precisión en el uso de los términos, e imprime una fuerza especial a su narrativa. Si a ello se añade el amplio conocimiento de que da muestra el autor sobre el argumento de la obra, tendremos la certeza de que en la controversia doctrinal que “Al César…” plantea, nos espera una lectura apasionante.

 

Sus obras son: Al César....

 

La obra existe en dos versiones diferentes que puede adquirir directamente a Ediciones Original Marbella en nuestra Tienda: edición impresa, 27,00 € (gastos de envío incluidos), y edición digital (e-book), 10,00 €.

 

Características de la obra en la edición impresa:

  • Libro de 672 páginas offset blanco 100 gr. a una tinta.
  • Cubierta tapa dura plastificada estucado brillo 135 gr. a todo color.
  • Guardas offset blanco 120 gr.
  • Encuadernación hilo lomo.
  • Tamaño abierto: 386 x 250 m.
  • Tamaño cerrado: 148 x 210 m. (A5)

 

A continuación, y en primicia, transcribimos las páginas 151 a la 157 de la obra:

"Entre los clientes, quien más alzaba la voz en torno a Edurne, era un muchacho, que le entregaba un pesado fajo de periódicos exigiéndola:
– Edurne, ponlos aquí delante, bien a la vista, que la última remesa nadie la vio y tuve que retirarla casi entera.
– Josetxo, – se disculpó maternal – la prensa se mueve todos los días, la muevo yo, la mueven los clientes…, no es de extrañar que tus periódicos se trastoquen y queden fuera de la vista.
Me volví hacia el muchacho, cuyo timbre de voz me sonó familiar. Sí, era José María Villanueva, monaguillo de San Julián, al que hacía tiempo que no veía por la sacristía. Tras su “Agur, Edurne” (adiós, Edurne), tomó el mismo camino
que yo iba a seguir y me acerqué a él.
– Hola, José María Villanueva, ¡cuánto tiempo sin verte! ¿Qué es de tu vida? – el muchacho se detuvo y me sonrió:
– Josetxo Uribarri, D. Luis María, Josetxo Uribarri, si no le importa – me corrigió orgulloso, como quien exhibe un trofeo recién conquistado y largo tiempo deseado.
– ¿Cómo? – me erguí ante él, apoyándome con fuerza en mi bastón para afianzar mi sorpresa. Ante mí tenía un adolescente, una personalidad emergente, una mirada encendida, un ideal en cierne.
– ¿Te has cambiado de apellido?
– Sí, padre. Bueno – rectificó confuso – le he traducido al euskera. Villanueva es Uribarri.
– Sí, hijo ya lo sé – confesé con cierta pena y quise parecer justiciero:
– ¿Y en tan poca estima tienes el linaje de tu honrado padre, que reniegas de él? – bajó la cabeza abochornado, como al que le descubren que el trofeo lo ha ganado haciendo trampas.
Hubo una tregua silenciosa, y, dueño de la situación, reemprendí el paso, seguro de que Josetxo lo haría también. Así fue. Tomé entonces uno de los ejemplares que el muchacho llevaba bajo el brazo. La cabecera leía “Oraindik” en castellano “todavía”.
– Bueno, bueno, – me mostré conciliador – pues en adelante tendré que llamarte Josetxo Uribarri. Suena muy
bien – Josetxo no llegó a reír, pero le vi aliviado.
– Dime, Josetxo ¿por qué lo has hecho? No está mal en sí, pero debes tener una buena razón. A tus 17 años, – calculé
mirándole de soslayo y él asintió con la cabeza – a tus 17 años – continué – deberías tener otras cosas más importantes
y urgentes que el cambio de apellido.
Josetxo recolocó su fajo de periódicos bajo el brazo con un enérgico movimiento de hombros, como el recluta que se apresta el arma, y respondió:
– El cambio de apellido es lo más importante y urgente para todo mutil (muchacho) que quiera dar fe de su adhesión a la “causa”. Es como recibir un nuevo bautismo, que le abre los brazos de la madre Euskadi. Yo no me he cambiado de apellido, he hecho una profesión de fe euskérika. Me detuve y le miré de frente con asombro. El también se detuvo, y parecía sostener con el fulgor límpido de su mirada adolescente lo que acababa de recitar. Aquello no podía brotar espontáneamente de unos labios apenas púberes. Josetxo a sus 17 años nunca hubiera sido capaz de armar intelectualmente semejante doctrina. El lenguaje pseudo–místico empleado, la fluidez con la que lo expresaba, la intencionalidad de los vocablos, era todo resultado de un adoctrinamiento artero, dirigido a explotar el idealismo de su precocidad. Sus ojos castaños rutilantes, aún niños, no pudieron sostener esta vez el rigor de los míos, y los apartó.
Echamos a andar en silencio. Para desviar la incómoda conversación, abrí el ejemplar de “Oraindik”, que tenía en mis manos:
– ¿Euskara hitz egitun duzu? (¿habla Vd. euskera?).
– Bai, Jauna (Sí, Señor) – me respondió y le sonreí con agrado. Para mi ancestro euskaldun, era un regalo oír hablar en mi lengua natal a un muchacho de otros orígenes.
– ¿Te han encargado la distribución del periódico?
– Sí, Padre.
– “Y eso ¿te gusta?” – le pregunté malintencionado.
– Bueno – es lo que me mandan.
– No serás tú el que coloca cada domingo un lote de este periódico en la sacristía de San Julián, junto a la Hoja Parroquial.
– Sí, padre.
Volví a mirarle reprensivo:
– ¿Por qué? Este es un periódico, o lo que sea… político. No debe estar en las iglesias.
– Bueno… no sé… ha sido un acuerdo entre mi jefe y D. Manuel, el párroco.
– Ah, bueno, entonces… – mi indulgencia dio a la conversación un tono distendido, casi confidencial, que me animó a preguntarle:
– ¿Quién es tu jefe?
– Zugazaga – contestó raudo y orgulloso, como si estuviera deseando que se lo preguntara.
– ¿Quieres decir… Pedro Mari Zugazaga? – le detuve tomándole del brazo.
– Sí, padre, el director de la Ikastola.
No sé si vio en mi sorpresa o avidez, al confirmarme la entidad de Zugazaga. Con visible entusiasmo, continuó:
– Es un gran jefe, Padre, entregado a la causa con toda generosidad. Es un ejemplo para todos nosotros. Un vasco puro, un euskaldun auténtico.
– Sí, ya le conozco Josetxo, ya le conozco.
No sabía el cándido muchacho hasta dónde llegaba mi conocimiento de Zugazaga. El tono opaco de mi respuesta, pareció desconcertarle, porque enmudeció unos instantes, como frustrado en su loa al ínclito jefe. Dimos unos pasos y:
– Pero, tú no eres vasco puro, euskaldun – le hice observar la diferencia entre él y su admirado jefe.
– Bueno, – se entristeció encogiéndose de hombros – yo he nacido aquí y, según Zugazaga, Euskalerria acoge como madre a cuantos en ella nacen, no importa sus orígenes – Josetxu trataba de recuperar su autoestima.
– ¡Qué buena madre! – asentí con leves movimientos de cabeza.
– “¿Aunque no tengan apellidos vascos?”.
– Bueno, teniendo apellidos vascos – continuó – tienes preferencia para algunos cargos, como por ejemplo, dirigir un “talde” (grupo), y otros puestos.
– O sea, – traduje – que mamá Euskadi tiene preferencia por algunos hijos – no replicó. Yo insistí:
– ¿Y si no se tienen apellidos vascos, como tú?
Caminando habíamos llegado hasta el lugar de la Plaza Porticada donde se encontraba el banco de Txiki. Miré hacia allí tratando de escudriñar algún vestigio de la presencia reciente del mendigo. No encontré señal alguna. El banco y sus aledaños acababan de ser baldeados por los servicios de limpieza municipales. Crecía mi preocupación.
Me sacó de ella, Josetxo, que ya había encontrado repuesta a mi comprometida pregunta:
– Si no tienes apellidos vascos, te quedas en las bases, hasta que demuestres el amor a Euskadi.
– ¿Cómo? – le urgí mostrando entusiasmo. Josetxu se estaba entregando a mí, estaba introduciéndome ingenuo en una mística, su mística, para mí desconocida. Pero él en su inmadurez de prosélito, no creía estar traicionando su credo, al desvelar sus secretos a un cura euskaldun como yo.
– Pues… por ejemplo, formando parte de los Grupos de Información, que es lo que yo hago.
– O sea, algo así como espionaje – le maticé.
– Sí, algo así. – me confirmó ufano – Otros, – continuó ya él solo sin reservas – se ofrecen voluntarios para misiones especiales. Pero… esos son los mayores.
– ¿Qué misiones especiales? – mi insistente curiosidad le hizo replegarse a su reserva inicial y contestó tras un incómodo titubeo:
– No sé.
Le miré exigente y se sintió acusado de indiscreción. Se percataba de que había ido demasiado lejos en sus revelaciones.
– Don Luis María, lo siento, tengo prisa. – me dijo sincero con un ligero sonrojo en sus mejillas apenas púberes – ¿Se queda con el periódico?
– Sí, me quedo con él. Tengo que conocer mejor vuestra organización. Tal vez yo también pueda colaborar.
– ¡Ojalá!, – me sonrió – como D. Carlos María, el coadjutor y como D. Manuel. Estaría muy bien.
– Ah ¿sí?, – le miré sobresaltado – ¿también ellos? ¿Cómo? – al mutil le invadió la zozobra por mi imperiosa curiosidad y:
– Bueno, – contestó entrecortado – no sé, ellos se lo pueden decir mejor que yo.
Recolocó el fajo de periódicos bajo el brazo y le vi alejarse sin volver la cabeza, envuelto en la amplitud aceituna de sus pantalones de comando y su camiseta blanca, mancillada en la espalda con el angustioso lema “Presoak Kalera” (Presos a la calle)."